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Puntuaciones de lectura de “RESONANCIA Y SILENCIO” de Enrique V. Acuña

Escrito por Héctor García de Frutos (*).

Este volumen es heterogéneo, diacrónica y sincrónicamente para usar los términos tan de moda en la pandilla lacaniana: se compone de trabajos que, presentados en tiempos y lugares distintos, están construidos poliédricamente. El cemento de base es un estilo de enunciación que, aquí y allá, pone de relieve la dimensión de la poética como consustancial a la dimensión analítica. Contrariamente al decir del purista positivista, esto no conlleva desmerecer la lógica ni el logos: la elucidación de la obra freudiana y lacaniana, en su progresión argumentativa, es parte capital del material reunido.

 
Así abordamos ya de entrada, en los primeros trabajos, el eje crucial de la experiencia analítica: el síntoma, subrayando desde Freud la relatividad del mismo como valor de verdad, resaltando que su función es propiamente la de producir una bisutería de lo real. Ésta no es sino una modalidad de goce representada en un vodevil, cuyo atrezzo intencionado e insistente se desentiende de lo unívoco mientras, entre bambalinas, se clama el Nombre de Dios. Ahí se permite entrever el nudo entre síntoma y fantasma, ese ahí dónde “lo real miente, realmente”.
Si el síntoma no nombra la verdad indecible del goce, sí sanciona la verdad del Otro. “El estallido del síntoma viene de la desconexión del sujeto con su objeto de goce, ya no se quiere eso”.
Un ejemplo que el autor comenta es la suculenta depresión, y que se dibuja en la contemporaneidad como forma de nombrar la culpa por no gozar del derecho a todo. “La tristeza evoca aquí el hecho de que no todos acceden a la norma de goce del consumo de los objetos técnicos”. Esta idealización del objeto técnico se introduce en el fantasma.
 
La brutalidad de una experiencia analítica llevada más allá de su dimensión sanitaria produce eventualmente la articulación entre nominación y síntoma; se abre la puerta a la singularidad vía interpretación. Para llegar a este punto, a Lacan le es preciso transitar del realismo de la estructura (universal, discontinuista), al nominalismo del síntoma (particular, continuista), para localizar como un punto exterior a ambas la cuestión de lo singular, la (x) que no puede nombrarse. La dimensión de la angustia es crucial aquí, pero no se la puede abordar en crudo, sino que se precisa tomar un rodeo, el de la mentira del síntoma. El recorrido puede trazarse así: de la impotencia del sentido a lo imposible de la estructura.
 
Los capítulos siguientes abordan distintos usos del cuerpo-goce: del recurso a la mediación de la sustancia al encuentro con la vergüenza de una castración real.
Del cuerpo organismo, puro real biológico, a la dimensión de significación que toca un cuerpo significantizado, en ambos casos la dimensión del goce se hace presente. En Anaïs Nin, así como en la toxicomanía, se bordea un goce fuera de medida, que de forma ilegal toca una identificación que fija un ser inestable. Y sin embargo, el goce fracasa: no hay muerte sublime en el pico ni realización posible del incesto.
 
Claro que sí, partenaires dionisíacos del psicoanálisis siempre hubo. El autor se detiene cuidadosamente sobre la melancolía insolente de Alejandra Pizarnik, aquella que quiso beber de las oscuras aguas teñidas del spleen demoníaco de los cantos de Maldoror. Sus amores, los analíticos y los que no, golpean al lector para susurrarle al oído que el arte más mortífero nace por la sublimación desbocada del objeto en ese vacío que es el cuerpo de la poetisa.
 
Pero, posiblemente, es en la reflexión política dónde encontramos en esta obra los estiletes más afilados. Como subversión del discurso capitalista, el deseo del analista aboga por la invención del grupo disjunto compuesto de goces singularmente heterogéneos. Nos hallamos en las antípodas de la identificación vía el objeto de consumo; en el psicoanálisis es la letra en su forma más aislada, paradójicamente, lo que permite una política que segregaría el relativismo por el amor de la extimidad.
 
Y una política del psicoanálisis en la Argentina no podría desentenderse de un nombre propio fundamental. Ese “analizante-analista” que fue Oscar Masotta ocupa en la obra un lugar de excepción, y Enrique Acuña le dedica un texto de homenaje. El personaje Masotta es abordado desde el eje estética-política: la renuncia al sacrificio por el ideal político deja una puerta abierta al deseo que es posible esbozar en singularidad, como “acto de creación”.
 
Política también es la decisión irrenunciable de arrancar al psicoanálisis (“explotación de la potencia que encierra lo perdido”) de la perversión (versión del padre) que propone la Iglesia con la práctica confesionaria. Justamente, el analista en función de objeto no demanda un dicho culpable acompañado de arrepentimiento, sino que renuncia al poder señalando en el enigma de su deseo lo más extraño, que es preciso decir lo imposible. En el origen, no hay el origen, sino un agujero, lo Unerkannt. Aunque ahí resuene el Uno del filósofo alemán, nada es más ajeno a ese universal que se exige, también llamado imperativo categórico, que el silencioso agujero pulsional singular.
 
Y, del psicoanálisis hacia fuera, en su nexo con una ética que reconoce la pulsión, al psicoanálisis en la intimidad, formado por las órdenes de los psicoanalistas como producción particular de conjunto… satírico. El analista es alguno que precisa formación (universal), transmisión de su práctica clínica (particular), y una experiencia analítica propia llevada al nivel del límite (singular). Arrollados en Escuela, los sabores sin embargo desentonan en ese paladar que a veces precisa, paradójicamente, de un paladín que devuelva a los dispares manjares a la lógica del uno y la excepción… Cabe aquí recordar la figura de Jacques-Alain Miller, crucial en la política del movimiento de orientación lacaniana, y al cual el autor dedica uno de sus capítulos.
 
Pero no sólo de política se alimentan las almas: hay que volver a las letras en la tierra. En el baile del psicoanálisis con la literatura, la pirueta más grácil pasa seguramente por los juegos de doble nombre de Lewis Carroll y su inconsciente e inconsistente país de las maravillas. Sin posar la severa mirada en el oscuro deseo del diácono Dodgson, el autor se entretiene más bien en los ecos gráficos del nombre inventado del creador, verdadero sujeto, y aquél de la protagonista, el LC de Alice, para rescatar el dicho de Masotta: “el sujeto tiene estructura de chiste”. Verde, podríamos añadir. No es inusual que un hombre se haga un nombre propio a la medida de su amada…
 
La historia del psicoanálisis, lo vemos en distintos textos de este volumen, exige un esfuerzo de literatura para atrapar su dimensión constitutivamente judía: se debe pensar desde la lógica de lo excluido, de la excepción social que desmiente el todo. Si en la dictadura militar argentina el psicoanálisis era excluido por el imperativo de silencio, la exclusión no conlleva una militancia por la fuerza, si nos atenemos a una sentencia que surca el texto: “no matar la palabra, no dejarse matar por ella”. El psicoanálisis sobrevive en el deseo.
 
Los dos últimos capítulos del libro nos hablan del acontecer del Enrique Acuña analista. No se comentan. Pueden leerse.
 
Entonces, y retomando el título de la obra… ¿Qué diferencia el psicoanálisis de otras poéticas? Enrique Acuña responde, de distintas formas, en función de cada poética. Sin embargo, quizás podamos rescatar lo que para él distingue el psicoanálisis de la poesía: “Se diferencian, entonces, dos operaciones de sentido: el sí del poeta y el sí del psicoanálisis, diferencia esencial, ya que en un análisis el sí del analizante implica consentir a su causa, referente vacío. De ese modo, el analizante escucha el significante, lee el inconsciente para separar sentido de sonido y obtener así un resto de satisfacción que se pierde y permite mudar el sufrimiento en otro goce”. Welcome, stranger, to a new highway.
 
 
 
Resonancia y Silencio -psicoanálisis y otras poéticas-. Enrique V. Acuña. Ediciones de la Universidad Nacional de La Plata (EDULP), La Plata, 2009.-
 
 
(*)-Héctor García de Frutos.  Participante de la Sección Clínica del Instituto del Campo Freudiano de Barcelona. Investigador en el departamento de Psicología Básica de la Universidad de Barcelona.