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Eclipsarse de la vida

Escrito por Catherine Clément (*).

Es en Francia, en París que vi mujeres en trance por  primera vez (1). Antes, durante la guerra, mis recuerdos son difusos, marcados por bombardeos y tiros de ametralladora. Luego, en el hospital Sainte- Anne, al  comienzo de los años 60, en un grupo reducido  cuando el jefe de clínica comenzó a interrogarla, una muchacha entró, bajo nuestra mirada, en convulsiones, reproduciendo el gran arco histérico con una perfección acrobática. Veinte años más tarde, viví muchos años en la India y en África, regiones en donde el transe no es una patología, por el contrario es una terapéutica.

 

   Un ejemplo, en Dakar, en 1998, en el barrio de la Médina. Ese día, como todos los otros días, desde hacía  más de una semana, las mujeres caían en trance sobre la arena, delante de miles de participantes instalados sobre gradas circulares y del alcalde adjunto de Dakar que presidía la ceremonia.  Como las mujeres en trances, el alcalde adjunto, pertenece al pueblo de Lébou, que son musulmanes y cuyo ritual, el N´Doeup, es de su propiedad.

Los Lébou vivían en la región cuando las autoridades coloniales francesas decidieron fundar ahí la ciudad de Dakar, en detrimento de esta población de pescadores que tiene hoy como marcador ese solo y único ritual. Está reservado a las mujeres que tienen sueños angustiosos, sincopan, pierden el apetito y que pueden curarse de esas  turbaciones, bajo la condición de encontrar, por adivinación, el nombre del genio del Océano que las posee y que les exige un culto, honores, y de trances -los genios pueden ser varios a la vez-.

 

   Cuando estas mujeres honran a sus  genios,  que son sus verdaderos propietarios, ellas se arrastran sobre la arena interminablemente, manos anudadas sobre la espalda y mentón levantado, si el genio es serpiente;  se dirigen sobre sus antebrazos y sus ojos están exorbitados mientras que sus cabezas se mecen lenta y  horizontalmente si el genio es un camaleón; accionan con la última energía de los remos imaginarios, piernas extendidas si el genio es piragüero; y si el genio es “Jean”, soldado francés,  estas mujeres de musulmanes, fuman y beben alcohol en cantidad. El acceso al trance es acrobático: cuando más cerca se estáde los grandes tambores que son los únicos que conocen los ritmos de cada genio, las cabezas se destornillan, cabellos horribles, la parte superior del cuerpo se balancea de adelante hacia atrás y de atrás hacia adelante. Luego, de un solo golpe, ellas caen y el genio emerge. A continuación, levantadas por otros, las mujeres danzan el  N´Doeup, cuyo nombre es justamente el  de un paso de danza.

La parte física de esos trances es tan extenuante, que es necesario constantemente ocuparse de ellas, es el trabajo de aquellas que, ese día, deberán valientemente resistir al llamado de sus propios genios para curar las excoriaciones, limpiar el sudor, quitar las piedras que hieren, prevenir los accidentes. 

Y ese día, una mujer que venía de Mali fue poseída por un genio que no eraLébou, sino que él también venía de Mali.  Los tambores no conocían su ritmo, la mujer  enloqueció, pero el genio la sujetaba bien y ella no sabía cómo honrarlo o cómo liberarse. La mujer rugía, exacerbada, sin que ninguna de las sacerdotisas presentes pudieran calmarla con trapos húmedos, con rezos o bien con amuletos.   Al cabo de un cuarto de hora de vanos rugidos, el maestro de los tambores, un hechicero muy viejo, la trató como en lo que ella se había convertido: un león. El genio de los malienses era en efecto un león. Él la domaba, la llamaba por su nombre de animal, la atraía poco a poco fuera del círculo, le impedía que mordiese a los espectadores. Una vez fuera del círculo, hizo lo necesario y le dio de comer carne cruda, porque ese genio poderoso que venia de Mali reclamaba la sangre del animal.

Yo la vi al día siguiente, la voz cascada por los rugidos, extrañamente serena. “Oh, estoy muy tranquila”, me dice ella. Interrogué, entonces, a las otras mujeres y cada una decía que habiendo danzado bien, estaba tranquila, como después de un baño fresco. Las únicas que no estaban contentas eran las cuidadoras que no tuvieron el derecho de bailar con sus genios.

La mayoría de esas mujeres, estaban sin trabajo u ocupaban pequeños empleos sin contrato, lo que se llama “trabajo informal”. Los maridos eran  personas ausentes; ellas tenían los hijos a cargo y poco dinero. Las escenas de trance eran verdaderas vacaciones, las vacaciones de la vida. Ellas tenían una función, un empleo de poseídas terapeutas, cada poseída deviene ipso facto una nueva curadora para las próximas mujeres. Esto no sería  la vida ordinaria de las mujeres pobres en la Médina sino la vida extraordinaria de sacerdotisas, que mostraban al público el arte de eclipsarse de la vida. 

Lo que surgía en esos momentos de ausencia, es el sujeto del inconsciente: la mayoría del tiempo, bajo la apariencia de una figura de animal.

La insurrección animal marca la diferencia entre el trance, lugar de sacudidas y el éxtasis inmóvil: que en los dos casos, el cuerpo sea la presa de la petite mort, no permite distinguir la figura del coito animal y la del coito divino. Es en este segundo aspecto que trabajo ahora.

 

  Por todas partes y en todo lugar, sobre toda la superficie de la tierra, las mujeres y los hombres  han tenido o tienen todavía a su disposición un vasto repertorio de eclipses de vida. En Europa del siglo XVII, está la Madre Jeanne des Anges, superiora de un convento Loudon, humillada porque un cura rechazó ser su confesor, y que, -como las hermanas que estaban a su cargo- se eclipsó a partir de 1632 en transe, transformada en gata trepadora en las ramas de los arboles, poseída por el encanto de un ramo de rosas mosqueta que ella sueña dejar adrede a Urbain Grandier, el cura reticente. Él murió quemado, ella terminó santa, venerada por la reina de Francia.

En Asia, que sea india o tibetana, el eclipse de la vida es una disciplina que se adquiere por el yoga, es decir una técnica de inspiración suspendida con un fin preciso, librarse de la conciencia, destruir el sujeto hasta el momento ultimo, suspendiendo el aliento definitivamente, por medio del transe que permite abandonar su cuerpo  - eso se llama en nuestra civilización, morir-.  Durante el aprendizaje,  las posturas de yoga son figuras de animales, el cuerpo representa a la bestia para liberar el espíritu. En Siberia, en Mongolia, en las regiones que están en el origen del término chamanismo, los chamanes, hombres y mujeres, se evaden en el bosque de coníferas bajo la figura de un ciervo para casarse con el espíritu de la niña del bosque, que mediante una implacable fidelidad les confiere un discurso verdadero.

 

   El término de chamanismo se extiende,  hoy día,  a todas las figuras de terapeuta en transe capaz de curar pasando de un mundo a otro, se puede, es muy fácil, trazar una geografía de los eclipses de la vida a través del planeta, cualesquiera sean las modalidades, el transe es uno de los fenómenos raros, universales. Modelado según los animales presentes, recibe figuras heteróclitas para un mismo resultado: no vivir más. Es el caso del flechazo amoroso en el occidente cristiano, un peligroso trance  de a dos que, en su pureza inicial, fue exquisitamente descripto en el  siglo XII, por los escritores europeos de la  Quête du Graal, Chrétien de Troya, particularmente.

Frecuentemente, los rituales de iniciación que marcan el pasaje del niño al adulto organizan este eclipse de vida. Separados del mundo ordinario y de sus familias, los iniciados son recluidos o bien perdidos en la selva e intimidados a esconderse o sumergirse en la oscuridad. A veces reducidos al estado animal, como en Benin donde en los conventos de iniciación, los iniciados son invitados a comer sin las manos. Forzados, reducidos, famélicos, extraviados, ellos están listos para el transe, donde ellos saldrán como nuevos, recubiertos de un renacimiento protector.

Aun cuando el  tiempo de la permanencia en los conventos de iniciación actualmente es menor a tres años,  el eclipse de la vida continua siendo obligatorio. De esta manera, se fabricará un hombre o una mujer a partir de un niño todavía inacabado. El eclipse de la vida no tiene solamente por función permitir que descansen las mujeres fatigadas y satisfacerlas con un acto amoroso, bailando con un genio, sino también es una forma de reestructurar la vida.

No olvido los transes mortales de Dalï-Lama que, según la costumbre, tendrían que aprenderse  por mucho tiempo, cómo abandonar  el cuerpo llegado el  momento, porque en un universo donde una vida sucede a otra, la reencarnación limita el último soplo a uno de esos pasajes. Es decir que en el horizonte del eclipse de la vida está, evidentemente, la muerte. Violenta en el caso del chamanismo que utiliza las drogas para pasar al mundo del bosque, un eclipse de vida que puede no matar,  pero él no se libra del horizonte mortal. También una mujer poseída en el círculo de N´Doeup puede dejar la razón al genio, incluso su vida como se vio.

 

   En los países que antes se llamaban “industrializados”, otro termino para decir “países ricos”, los ritos de pasaje casi desaparecieron, a excepción de los Carnavales, que en el pasado de Europa, marcado por la herencia romana, organizaban lo inverso de la vida, por un día: humillando a los poderosos y honrando a los locos. Sino, nada, se ha  suprimido todo. Pero ¿Qué se ve en Francia? Nacimientos de rituales, mal soportados por las autoridades, rave-parties (bailes masivos) con un marco complicado, binge-drinking (consumo importante de bebida), gran borrachera instantánea, un eclipse de vida como otro, es decir peligroso, sino no es el juego y no es el eclipse. Es necesario que el sujeto desaparezca y que la pulsión reine. Es una apuesta peligrosa.

Ocurre que del eclipse surge un rapto, el bien nombrado rapto es un arrebato de la conciencia. Sí, sucede que se dé la muerte, eclipsándose de la vida. Según el pensamiento de Tobie Nathan que ve en las defenestraciones de adolescentes africanos en Francia un intento desesperado de restituir un  ritual,  del que  como inmigrantes están privados. Llegué a pensar  que el fenómeno masivo y angustiante de suicidios en el trabajo en Renault o en Francetélécom, participan de estos eclipses de vida, ciertamente rumiados largamente, pero a último momento, en el lugar de trabajo, forzados como en un sueño, o mas bien, un transe instantáneo. Tirarse de un balcón, tirarse de muy alto, caer fuera de la vida  -ese fenómeno acaba  de recomenzar en el grupo “La Poste”[1], en agosto 2011-.

Ahora bien,  para estar sin peligro, el transe exige reglas, vigilancia, un entorno atento y benevolente. Aun cuando  no es muy sofisticado como el de yoga, el transe exige ser controlado,  es por eso, que en N´Doeup, habrá siempre mujeres poseídas que rechazan el ataque de sus cuerpos a los genios, para velar por los otros. Dejar sin vigilancia el trance, conduce a la muerte.

Sin esta disciplina, el trance no se abre a una metamorfosis porque durante el eclipse, como el Sol pasa a la Luna o la Luna al Sol, el sujeto cambia de espacio y se transforma en animal. Ese es el caso de las mujeres que bailan el N´Doeup y se transforman en serpientes, en camaleones, o en esa especie particularmente peligrosa de soldado francés, borracho perdido; ese es el caso de las religiosas de Loudun metamorfoseadas en gatas o en demonios con cuernos, y ese es el caso de los chamanes siberianos que, para caer en transe, hacen de ciervo. Eso, es la especie  animal que busca la iniciación que fuerza al iniciado beber a lengüetazos su plato. E incluso, se encuentra esto en Philippe Descola en Les Lances du crépuscule, una perra muy perezosa, drogada por su ama para ir de caza, entra en trance, ella también.  ¿En qué podía transformarse, esta perra   que se llamaba Manchuk? Me hice la pregunta. Para ser una buena cazadora, la perra Manchuk se transformaba en jaguar, el cazador más peligroso.

En  Asia donde se reencarna, no hay corte entre  la especie humana y la especie animal. Abandonar  su cuerpo,  autoriza un renacimiento en elefante, en mono, animales nobles; en perro, animal innoble, si se ha vivido mal. Un chamán se metamorfosea en águila o en jaguar, y  es el animal que lo hace terapeuta. Pero en las regiones del mundo sin reencarnación, en el transcurso de  nuevos rituales que nacen bajo nuestros ojos, ¿en qué se metamorfosean las jóvenes europeas?

 

    En el eclipse de vida siempre hay una forma que viene al lugar del sujeto eclipsado. ¿Qué  formas adquieren  cuando están ebrios-muertos? ¿Drogados? ¿Mutilados? ¿Enmascarados?

En los últimos tiempos, aparecieron lo que Levi-Strauss, en la Introducción a la antología de Marcel Mauss, denomina en 1950 los “compromisos irrealizables”. Según Levi-Strauss, los locos encarnan esos compromisos, síntesis imposibles que prefiguran guarniciones de  una preciosa reserva de significantes. De esta manera, los transexuales, “compromisos irrealizables” hace treinta años, hoy pasan  en el orden de lo real. Presentir el advenimiento de lo irrealizable es uno de los trabajos difíciles del pensamiento.  Los disfraces del trance son una de las pistas que permiten comprender para qué sirven estos eclipses, y sobre todo para prevenir el accidente mortal que, a menudo, cuando son privados de acompañamiento, tienen un trágico resultado.-  

 

Traducción: Gisèle Ringuelet

 

 (1)-Este artículo es parte del anuncio y presentación del libro de Catherine Clément. L'appel de la transe. Avril 2.011. Stock, Paris. Collection L´autre pensée.

 

(*)-Catherine Clément: Filosofa y novelista en Francia.



[1] Se trata del « Correo » (NdT).