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La clínica y el lenguaje de las pasiones (*)

Escrito por Germán García.

La tristeza, nos dice Dante, es el mayor pecado. Es preciso preguntarnos cómo nosotros, comprometidos en el campo que acabo de delimitar, podemos sin embargo permanecer fuera.

Todos saben que soy alegre, y hasta travieso: me divierto. Constantemente me sucede, en mis textos, que hago bromas que no son del gusto de los universitarios. Es cierto. No soy triste. O más exactamente, no tengo más que una sola tristeza en lo que ha sido el curso de mi vida: que haya cada vez menos personas a quiénes puedo decir las razones de mi alegría, cuando las tengo.

Jacques Lacan, 1977

 

 

Presentación:

El curso breve, realizado durante el mes de enero de 1999, mostró la pertinencia del tema de las pasiones para el psicoanálisis. Pero, también, la amplitud y el desorden –tal vez propiciado por el tema mismo– de las referencias y de las posturas. ¿Qué relación existe entre pulsión, afectos, pasiones? No una de “expresión”, tampoco de equivalencias. ¿De qué manera el lenguaje de las pasiones modaliza el cuerpo erógeno? Aquí la lectura de las metáforas se impone.

El lenguaje escatológico del insulto, el lenguaje escópico de las metáforas amorosas, el lenguaje invocante de las pasiones divinas, el lenguaje alimenticio de las pasiones políticas. Ejemplos, para nada excluyentes, de que cierta topografía libidinal subyace a la topología de las pasiones.

Durante enero hubo poco tiempo para las pasiones fatales (el amor, los celos, el juego, la droga, el alcohol, la muerte) que subrayan el aspecto difundido de “pasividad”.

Esta exclusión se debió al deseo de marcar el lado de actividad, de potencia, que se encuentra en la pasión –en Aristóteles, pero también en Spinoza–.

 

 

 

 I

 

Los mecanismos del yo descriptos por Anna Freud y algunos de los tropos y figuras de la retórica. Lengua cero o estado de lengua versus un desvío, ruptura del uso común. El lenguaje produce una alucinación negativa.

 

 En la página 501 de los Escritos, edición castellana, en el texto “La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud”, Lacan hace una homología entre los mecanismos del yo descriptos por Anna Freud y algunos de los tropos y figuras de la retórica.

Las figuras que pone son la perífrasis, el hipérbaton, la elipsis –un sinónimo de elipsis, suspensión, por eso no vamos a tomarla–, la anticipación, retractación, digresión, ironía, negación. 

 

 

Lacan privilegia, especialmente, la negación como fundamental del yo; “el yo es desconocimiento”.

La crítica moderna a la retórica clásica es que las figuras se superponen unas a otras en una clasificación, descriptiva. La retórica moderna ha tratado de hacer una lógica y reducir muchas figuras. Por ejemplo, el grupo Mu tiene un tratado de retórica moderna –lo editó Paidós– donde la teoría de conjuntos sustituye a la mera enumeración.

La retórica tradicional llamó figura a la expresión desviada de la norma, es decir, apartada del uso gramatical común. La norma –no para las maestras, pero sí para los teóricos– es cualquier estado de lengua, entonces se suele usar la idea de lengua cero o estado de lengua versus un desvío o X.

Evidentemente, si tal palabra es de uso común, cuando uso un sinónimo produzco un efecto de desvío o de ruptura del uso común. Pero esto no es una norma, porque una norma es creer que hay una manera correcta de hablar. Borges escribió un famoso artículo que se llama “Las alarmas del Dr. Américo Castro”. Castro había escrito sobre el destrozo del castellano en Buenos Aires y Borges cita unos poemas del caló madrileño, absolutamente incomprensibles, y dice que al lado de este galimatías nuestro Martín Fierro es transparente. Este chiste alude al hecho de que todas las capitales castellanas del mundo pueden disputarse el derecho a decir qué es lo normal. Entonces, lo mejor es decir que hay una lengua cero del castellano hablado en Buenos Aires hoy, y a partir de ahí, si introduzco una alteración, voy creando efectos de desvío. La mejor definición de estilo que hay, para mí, de las que conozco, es una definición que da Jakobson: el estilo es la decepción de una espera. Uno espera una cosa y aparece otra, eso es un efecto de estilo, que no quiere decir, simplemente, me gusta o no me gusta. Si uno dice: “Venía con su hijo la abnegada...” y agrega: “atorranta” se produce una ruptura estilística respecto a lo que se esperaba; el estilo funciona así. Como dice Borges, que es bastante astuto en esto ¿por qué conviene una lengua cero y no norma? Porque si hay un estado cero de lengua y empiezo a introducir una literatura barroca –como ocurrió en los sesenta cuando se puso de moda el llamado neobarroco: Lezama Lima, García Marquez, etcétera–, esa literatura, respecto al naturalismo anterior, era un efecto estilístico. Pero cuando todo el mundo empezó a escribir unas novelas frondosas, Borges dijo: “No. Quiero escribir simplemente. Mi maestro es Bioy Casares que me enseñó a escribir con simpleza”. Como lo que se había vuelto cero en la literatura era ese barroco, los cuentos de Borges eran, de nuevo, una diferencia.

¿Por qué no conviene hablar de norma? Porque esta X, en un estado segundo, se va a volver cero, pero cuando se vuelva cero, este cero se va a volver X.

Por ejemplo, Góngora, Siglo de Oro español, fue rescatado por la generación española del ’29. Contra el trasfondo del naturalismo era moderno, era vanguardia. Una vez que esa generación se volvió gongorista, aparecen otros que rescatan a los naturalistas.

Esto es muy interesante para la interpretación analítica. ¿Por qué? Sigmund Freud decía que lo que uno dice como analista hoy sirve a la resistencia de mañana.

Una mujer hizo un artículo hace muchos años que se llamaba “La huida de lo verosímil en el análisis”, donde planteaba cómo el análisis debe luchar siempre contra la verosimilitud. Lo que hoy es una verdad, una ruptura de un estado de la lengua del paciente, mañana es parte del verosímil. Ocurre mucho con el lenguaje analítico, cuando Freud decía a alguien una cosa sobre el Edipo, era una verdad increíble, pero hoy no; hoy en día es el analizante quien tiene en la cabeza un discurso inspirado en la jerga del psicoanálisis y el analista tiene que hacer un poco como Borges.

La idea de describir una retórica hay que entenderla así, es siempre algo que se altera no de una norma sino de un estado de lengua.

Hay una novela que se llama Larva, Babel de una noche de San Juan de Julián Ríos, español, único discípulo castellano de Joyce. La solapa del libro empieza diciendo: “Solapado lector...”, ya está jugando.

 

La retórica tradicional llamó figura a la expresión desviada de la norma –X respecto a cero– es decir, apartada de su uso gramatical común, ya sea desviada de otra figura o de otros discursos cuyo propósito es lograr un efecto estilístico. Lo mismo cuando consiste en la modificación o distribución de palabras que cuando se trata de un nuevo giro del pensamiento que no altera las palabras, ni la estructura de la frase. La figura es un fenómeno de disposición. En la antigüedad se elaboró una tipología en atención a una parte de sus efectos sobre ciertas propiedades de la lengua, tales como la pureza del léxico o la claridad y por otra parte, agrupándolas según el modo de operación que preside su funcionamiento.

Ustedes saben que se come en el Barrio Norte y se cena en la Boca; uno tiene un pullover colorado en Barrio Norte y tiene uno rojo en la Boca. Es decir que el uso de lengua a veces es de un barrio, ni siquiera de una ciudad. Sería absurdo, por ejemplo, decirle a alguien que en la Boca dice que tiene un pullover rojo, que tiene que decir colorado. “No diga su esposa, diga compañera”, dice el de clase media, y el de clase alta: “Nunca diga compañera, es lo peor que hay”. Cada grupo tiene su propia salsa lingüística con la que se satisface.

La perífrasis –una de las figuras retóricas que Lacan cita– consiste en utilizar una frase para decir lo que podría expresarse con una palabra. Por ejemplo, “la ciudad de los palacios” por “ciudad de México”. Pero hay cosas más sutiles, “he tenido que ir” es una perífrasis respecto a “he ido”; “a la buena de Dios” es una perífrasis de “sin más”. Puede ser figura del pensamiento cuando es una extensa caracterización del objeto, ya sea mediante la mención de sus cualidades y atributos, o bien desarrollando las acciones o los fenómenos que son peculiares, como los siguientes cuatro versos de Urbina, que pueden sustituirse por la palabra atardecer: “En ámbares cloróticos decrece la luz del sol y ya en el terciopelo de la penumbra, como flor de hielo, una pálida estrella se estremece. Atardeceres.”

Viene un paciente, dice esto y uno dice: “Atardecer”, eso es una buena interpretación, porque la buena interpretación no es decir algo más complicado que el otro, sobre todo cuando viene a jugar ese juego. A veces es borgiana, algo muy simple.

La perífrasis se presenta frecuentemente combinada con tropos, como forma de sinonimia.

El hipérbaton: “figura de construcción que altera el orden gramatical por transmutación”. Por ejemplo, la frase de Nietzsche que analizaba Heidegger: “La venganza es el tiempo y su fue”, evidentemente es un hipérbaton porque sería algo que fue en otro tiempo, pero al decir “el tiempo y su fue” violenta y separa el pasado, del tiempo. Un ejemplo de Góngora: “Dulce daban las almas melodías”, en vez de decir: “Dulces melodías daban las almas” crea un suspenso: ¿qué daban dulce las almas? Melodías.

El hipérbaton introduce un orden artificial que siempre tiene nombres complicadísimos –por eso es que los retóricos modernos trataron de hacer una especie de lógica–: anástrofe, histerología o histerón proterón, que quiere decir inversión del orden temporal de los hechos.

Jacques Lacan dice que el yo es una flor retórica y lo describirá con todas estas figuras. Si tomo el libro de Anna Freud sobre los mecanismos de defensa, tengo que encontrar que un mecanismo de defensa suena como una perífrasis, otro como un hipérbaton, etcétera. Lucy Irigaray, tiene un artículo sobre la gramática del obsesivo donde estudia cómo en la obsesión siempre hay una manera oblicua de continuar la frase, no hay agujeros –sería la digresión–. En la histeria la frase queda incompleta, en cambio en la obsesión el discurso sigue, dando vueltas, girando. Por eso basta con cortar la frase, basta con hacer un efecto de puntuación por el hecho de interrumpir la frase. Estaba leyendo un libro de una mujer que define esto muy bien, dice que la histérica tiene una certeza de sí y no cree en nadie, mientras que el obsesivo cuanto más cree en el otro, más duda. No hay artículos sobre la duda de la histeria, ni tampoco hay artículos sobre la certeza del obsesivo. Sin embargo los obsesivos tienen certezas y las histéricas tienen dudas.

Borges emplea una figura que es muy buena para burlarse del otro sin que se dé cuenta. Le preguntan: “Usted ¿qué opina de Cortázar?” Contesta: “No lo he leído”. “¿Y de Sábato?”, Borges responde: “Mi admiración por él es mucho más moderada”, que la que tiene por Cortázar que no leyó. Decir que uno tiene una admiración moderada por alguien, es una ironía.

Uno de los sinónimos de elipsis que gustaría a los lacanianos, la borradura. La definición de elipsis es: “figura de construcción que se produce al omitir expresiones que la gramática y la lógica exigen, pero de las que es posible prescindir para captar el sentido, éste se entiende a partir del contexto”. Por ejemplo, alguien dice: “¡Si volviera a tenerlo!” ¿Si volviera a tener qué? Algo está suprimido. “Estaba tan contento como si lo hubiera tenido”, está sobreentendido –sólo se puede suprimir por el contexto– que es un objeto que no me pertenece. Neruda dice: “Pan tu frente, pan tus piernas, pan tu boca” y va creando una ilusión de enumeración al repetir la palabra pan. La suspensión y la elipsis, ambas, son lo mismo.

La anticipación, figura dialéctica del pensamiento, está muy bien para la polémica, consiste en anticipar, velada o implícitamente, siguiendo los razonamientos espinosos, o intrincados, que favorecen al emisor, o receptor, con el fin de disponer el ánimo del oyente, el lector, el contrario, para conmoverlo y convencerlo con el posterior desarrollo del discurso. La anticipación o preparación, se funda en el cálculo previo tanto de los propios argumentos como de los que pueden provenir de la otra parte.

Jacques Lacan define el yo como el lugar de las buenas intenciones y de la mala fe. Es un poco jansenista. Habría que hacer una vindicación kantiana del yo, pero Lacan tiene toda la tradición jansenista del maldito yo, que dialectiza en la diferencia je / moi.

La anticipación también se llama refutación, uno puede simular de manera indirecta, refutar de antemano el argumento del otro –decir: “Imaginate las personas que creen...” y enumerar todo lo que cree el oyente que empieza a dudar de decirlo de la manera en que lo iba a decir–.

La retractación es el desdecirse, puede también utilizarse de una manera irónica: desdecir constantemente para decir; es el tema de la negación: “Yo no volvería a decir jamás...” está diciendo eso mismo, amortiguándolo.

La digresión es un género altamente cultivado por los analistas clásicos –como hay que llenar los cincuenta minutos y no es fácil hablar cincuenta minutos de nada, la digresión viene perfecta–. La definición dice que es la interrupción, en alguna manera justificada, del hilo temático del discurso antes de que se haya completado una de sus partes, dándole un desarrollo inesperado con el objeto de narrar una anécdota, dar cuenta de una evocación, describir un paisaje, un objeto, una situación, inclusive una comparación, poner un ejemplo, antes de retomar la materia que se venía tratando. Cuando se prolonga demasiado rompe la unidad y puede producir un efecto de incoherencia. La digresión es un tipo de apartamiento respecto del público, –es un apartamiento respecto del asunto tratado que suele tomar la forma de otras figuras como licencia, concesión, descripción, etcétera–. La digresión sería uno de los rasgos del discurso obsesivo, respecto de las lagunas del discurso histérico, según el trabajo de Irigaray. A veces se presenta como amplificación, como una repetición en que se apunta a un mismo pensamiento, ampliándolo. Lacan era de la idea de que en la enseñanza la digresión es lo más rico que hay, comentaba que decía siempre cosas parecidas pero que sus digresiones tenían hallazgos. Y es verdad. El empobrecimiento de nuestra lectura de Lacan se produce porque uno tiene un idiolecto y entonces subraya goce, deseo, significante, y deja pasar si Lacan se pone a hablar de la pintura u otro tema. Cuando uno está menos ansioso por encontrarle el sistema, empieza a descubrir por los rincones del texto, cosas, reflexiones oblicuas y enriquecimientos.

 

Con respecto a la ironía,  Jacques-Alain Miller ha escrito un artículo muy bueno,  está en la revista Unopor uno, donde lleva el tema a un problema: la tesis del lenguaje en Lacan. Desde Russell, que escribió en 1905 “Teoría de la descripción”, donde propone las jerarquías del lenguaje, toda la analítica del lenguaje está basada en evitar que éste diga disparates –parte de la idea de que el lenguaje introduce en el mundo cosas inexistentes: sirenas, demonios, dioses–. La cura de esto, desde el primer Wittgenstein, consistiría en controlar el lenguaje, evitar que diga de más. Lo que Jacques-Alain Miller plantea es que en el psicoanálisis es exactamente al revés, el problema no es que el lenguaje introduce cosas en el mundo, sino que el lenguaje es capaz de borrar cosas del mundo, de hacerlas desaparecer. Entonces escribe el artículo desde el punto de vista de la negativización de la realidad producida por el lenguaje. Si uno quisiera tomar una metáfora de la psiquiatría clásica, podría decir que si para Bertrand Russell se trata de una alucinación positiva –ver lo que no está– para Lacan el lenguaje produce una alucinación negativa –hace desaparecer lo que existe–.

La ironía es muchas cosas, pero si me burlo de las costumbres de otras personas no estoy haciendo una ironía. Una ironía es una especie de tensión producida en el mismo código en que se está hablando. Delata siempre una inadecuación de un sujeto a una comunidad lingüística. Oscar Wilde, era un famoso ironista. Richard Rortyplantea a la ironía como el hecho de soportar una comunidad pero no creérsela. Entonces, una cierta relación irónica quiere decir una relación donde se dice lo que hay que decir, pero no se tiene con eso la relación que tienen los demás. Eso es una ironía: se dice lo que hay que decir. La ironía es cómo se logra demostrar la inadecuación entre el lenguaje y el referente, el mundo. Y cómo se lo demuestra de una manera que produzca efecto.

Por ejemplo, una vez llevé a Daniel Sibony, psicoanalista francés y matemático, a visitar a Borges y le preguntó: “¿Hablo francés o castellano?” Y Borges dijo: “Hable en francés porque el español no existe”. Empezó a hacer un elogio del francés, hiperbólico, diciendo que es una lengua de una gran precisión y por ser así no necesita grandes escritores, mientras que el castellano es una lengua que desespera de existir. Tiene que estar siempre produciendo grandes escritores, creando obras geniales para sostenerla.

No tenemos la ironía como la plantea Jacques-Alain Miller, tenemos la ironía retórica: figura del pensamiento que afecta la lógica ordinaria de la expresión y consiste en oponer, para burlarse, el significado a la forma de la palabra. En oraciones, declarando una idea de tal modo que por el tono se pueda comprender otra contraria. Cuando lo que se invierte es el sentido de la palabra próxima, la ironía es un tropo de dicción y no de pensamiento. A este tipo de conversión semántica, o contraste implícito, algunos lo han llamado antífrasis; sobre todo cuando alude a cualidades opuestas de un objeto.

El oxímoron es una figura que a mí me gusta porque es casi la figura del psicoanálisis, es una contradicción semántica, los místicos la usan mucho, “la brillante oscuridad”, “el frío ardor”. Decir: “El horror de un goce” es un oxímoron porque alguien sensato, no insensato como nosotros, podría decir: “¿Es un goce o es un horror?”. “Alguien se satisface del sufrimiento del síntoma”. Si se satisface ¿por qué es un sufrimiento? Los místicos, como tienen que hablar de algo que no es perceptible por los sentidos, usan estas figuras retóricas, pero el psicoanálisis también. Sigmund Freud constantemente hace esto. Por ejemplo, decirle a uno que tiene que asumir la castración. Qué valiente cosa es decir: “Soy un castrado... ¡Al fin lo he logrado, me he feminizado!”

Estamos hablando de ironía, hay que ironizar un poco.

Entonces, se trata del empleo de una frase en un sentido opuesto al que posee y de alguna señal de advertencia en el contexto. “Vi a algunos poblando sus calvas con cabellos que eran suyos, sólo porque los habían comprado.”

 

La negación vamos a trabajarla después. Ahora tenemos los tropos, los cambios de significado. Catacresis, una forma de metáfora. Nombrar una cosa con otra, decir: “La hoja de un puñal”, estamos nombrando con la hoja, por ejemplo, del cuaderno, un puñal. La costumbre popular de ponerle nombre de partes de coches a las mujeres.

Litote: figura del pensamiento de la clase de los tropos, cambio de sentido. Consiste en que para mejor afirmar algo se disminuye, o se atenúa, o se niega aquello mismo que se afirma, es decir, se dice menos para significar más. “Conoce poco usted de este problema”, para decirle a alguien que es ignorante. Borges usa muy bien esta figura. Decir: “No es cobarde”, asocia a esa persona con cobardía, pero a su vez la neutraliza porque no le está diciendo cobarde directamente. Algunos autores consideran a la litote como un tipo de hipérbole, una ponderación al revés. Según la retórica general esta clase de litote se produce por enumeraciones de supresión parcial, que ofrecen cierto carácter aritmético al forzar un desplazamiento sémico. La mayoría de los autores relacionan la litote con la ironía.

Esto es lo que ocurre, todas las figuras se empiezan a cruzar con todas. La retórica moderna trata de superarlo con Perelman, ustedes recordarán que Lacan lo critica en un artículo que se llama “La metáfora del sujeto”. Autor del Tratado de la argumentación –editado por Gredos–,discípulo de Frege, Charles Perelman trató de hacer una formalización de la retórica, es el primero, después el grupo Mu continuó. También escribió El imperio de la retórica, editado por Norma.

La sinécdoque o antonomasia, es una figura que forma parte de los tropos de dicción y se basa en la relación que media entre un todo y sus partes. Tzvetan Todorov tiene un artículo donde trata de demostrar que una doble sinécdoque es una metáfora. La sinécdoque también se hace equivaler a la metonimia, es la misma definición: parte por el todo, aparece como metonimia o sinécdoque. Creo que Lacan, cuando toma metáfora y metonimia, quiere tomar una a nivel del cuerpo y otra a nivel del discurso. Por ejemplo, dice que lo oral y lo anal, son metonímicos; lo escópico y lo invocante, son metafóricos. Nosotros decimos metáfora y metonimia a la bartola, pero la metonimia tiene una relación existencial. Por eso Lacan puede decir que el deseo es la metonimia de la falta en ser. Si describo a una mujer, los rasgos que enumero los ordeno según el deseo y no según una fotografía. Si ustedes leen una descripción que comienza por los cabellos, los ojos, el cuello, y la ponen en el aire, seguramente esa mujer no camina. Una descripción realista hubiera empezado por los pies, después las pantorrillas, etcétera. La manera de ordenar una descripción es siempre una manera de metaforizar un deseo. Por eso decía Lacan, citando un poema inglés, Éxtasis, que el deseo se dice mejor cuando no se dice, cuando se habla de cualquier cosa –así se dice más sobre el deseo–.

Uno de los grandes mitos contemporáneos surgidos en el siglo XVIII, es el mito del progreso, un mito poderoso porque siempre hace que todo presente esté en falta con respecto a sí mismo. En este sentido no puedo decir, como un budista, “Acá estoy”, el satori, sino que para rendirle culto al mito del progreso tengo que decir: “Acá estamos, luchando”.

El mito del progreso es interesante porque uno podría plantear una oposición entre una ideología de derecha, que custodia un goce pasado y una de izquierda, que siempre espera el goce futuro. Es el presente al que siempre le falta algo, una perfección más. Una persona que a medida que pasan los años cree que madura no quiere aceptar que se está pudriendo, es un deseo de eternidad pensar que uno madura. Es en ese sentido que Lacan puede decir que el deseo está en metonimia en el lenguaje y está ligado a una falta en el ser. Para el que dice que madura, evidentemente hay algo que falla respecto a su ideal. La palabra deseo se refiere a algo que no hay y el goce se refiere a algo que hay.

Como decía Macedonio, que se hizo poeta metafísico a partir de la muerte de su mujer, escribir algo doloroso no es doloroso. Uno puede escribir sobre algo que fue doloroso vivir, pero escribirlo no es doloroso. El acto de escribir es ya una organización del deseo, eso es lo que le interesaba a Freud. El acto mismo de escribir, de encadenar palabras, hacer resonar esas palabras, como organización del deseo. A veces los temas que se tocan también son homofónicos. Por eso Lacan dice que es mejor no hablar del deseo como tal, porque cuando se quiere hablar del deseo no se dice nada, mientras que si alguien se pone a hablar dice el deseo –la incompatibilidad del deseo y la palabra, por eso también en análisis se dice: “Hable de cualquier cosa”–.

Hay dos tipos de sinécdoque. La sinécdoque generalizante, que por medio de lo general expresa un particular; por medio del todo, la parte; por medio de lo más, lo menos; por medio del género, la especie; por medio de lo amplio, lo reducido. Es una sinécdoque deductiva que opera en las relaciones: parte, todo; género, especie; obra, materia; y en relación numérica: plural, singular. Por ejemplo, al expresar la parte por medio del todo: “El mundo entero lo dice”. El mundo entero no habla, lo dice cada persona. El género por medio de la especie: “No tiene camisa, vestido”. La obra mediante la materia de la cual está hecha: “Sacó el acero”, la obra es la espada. El número singular por medio del plural: “La patria de los virgilios”. Estas formas de relaciones operan en la descripción inversa en la sinécdoque inductiva en que lo amplio es expresado mediante lo reducido, por ejemplo: “Tiene quince primaveras”.

 

 

II

 

Metáfora y metonimia no son figuras retóricas. El pasaje de una teoría de la percepción a una teoría del significante. Los lenguajes organizan la libido. Conocimiento paranoico.

 

Lacan, al poner el eje de la metáfora y el eje de la metonimia, el primero como el eje sincrónico, simultáneo del lenguaje, de donde puedo seleccionar; y la metonimia como el eje sucesivo, donde puedo ordenar, no está usando metáfora y metonimia como figuras retóricas. En Lacan metáfora y metonimia no son figuras. Observen que cuando pone los mecanismos del yo como equivalentes a las figuras retóricas, no pone ni la metáfora ni la metonimia –parte de Roman Jakobson que las usa para designar los dos ejes del lenguaje y no para describir formaciones lingüísticas como la retórica clásica–.

¿Por qué nos interesa esto? Porque nosotros decíamos que el lenguaje de las pasiones no era la expresión de la pulsión, sino que había que deducirlo de la relación de las pulsiones a las defensas del yo.

En el artículo, “Algunas reflexiones sobre el Yo”, del año cincuenta y pico, publicado en Uno por uno, 41, Lacan habla de una contradicción que hay en Freud. Nosotros intentamos trabajar El yo y el ello y, evidentemente, hay una diferencia entre Freud y Lacan, es el pasaje de una teoría de la percepción a una teoría del significante. 

 

 

Esa teoría de la percepción que tiene Freud está en todos lados, está en la identidad de percepción inconsciente, en la identidad de pensamiento preconsciente, en el yo. A eso, Lacan le pone el shifter, o embrague, o conector lingüístico, e introduce enunciado/enunciación –“El  sujeto del que hablo es el sujeto del lenguaje”, no es ningún otro sujeto–.

Empieza hablando de una cierta contradicción que aparece en Freud cuando éste dice que la libido sobre el propio cuerpo conduce a la hipocondría, mientras que cuando está ligada a un objeto que se pierde puede terminar en el suicidio. En 1915 Freud hace, en “Lo inconsciente”, una rectificación de su texto de 1914, donde planteaba una oposición entre el yo y el objeto para explicar, por ese mecanismo, la psicosis. La libido está en el yo o está en el objeto. Si está en el yo, es psicosis, si va al objeto, amor. Esto se presta a grandes moralizaciones, por ejemplo, decir: “No hay que quererse demasiado a sí mismo porque entonces uno se vuelve loco, ni tampoco querer demasiado a otro, porque entonces uno deja de existir”. Se trata del justo medio. Freud dice: ¿qué pasa cuando se pierde el objeto? Si la libido va a parar al yo estamos en la psicosis, algunas veces el objeto es sustituido por un objeto de la fantasía, y usa la palabra Sache, cosa; no usa la misma palabra. Hay tres palabras –edición alemana, en el último punto de “Lo inconsciente”– Objekt, cuando habla del objeto de amor, Sache, cuando habla de la fantasía yDing, cuando habla de la equivalencia palabra/cosa. 

 

 

Perdido el objeto, si va a la fantasía estamos en la neurosis;si la libido va al yo, estamos en la psicosis. Era la manera de querer identificar la megalomanía del psicótico, pero no podía explicar la hipocondría con eso. En 1915 Freud vuelve este yo corporal –muy desarrollado después en El yo y el ello–. La libido que sale del objeto va a parar al yo que es corporal –es la superficie del cuerpo, que se altera–. Continúa la libido por este camino y va al inconsciente donde la palabra es equivalente a das Ding. En la psicosis el lenguaje inviste las palabras, las mismas se convierten en una cosa. Esto explica la omnipotencia del pensamiento y los temas de la locura. Mientras que en la neurosis queda la fantasía. Para Freud, y esto explica su desconfianza hacia el tratamiento de la psicosis, esta cosa –Sache– que está en la fantasía es la condición para la transferencia. El analista va a ir a ocupar un lugar que está dado por esa fantasía.

Lacan dice: “El investimiento de las catexias libidinales sobre el propio cuerpo conduce al dolor hipocondríaco, mientras que la pérdida del objeto lleva a una tensión depresiva que puede incluso culminar en suicidio.” Opone el propio cuerpo a la tensión. Si la pérdida del objeto conduce a la fantasía, no hay ninguna posibilidad de melancolía. Todavía no se sabe exactamente si la melancolía es una psicosis o es una neurosis. Hay una discusión sobre eso, no es un tema dado. En un esquema como el de Freud no se puede llegar a la melancolía, son dos circuitos que se separan perfectamente. El circuito de la psicosis, del de la neurosis. Por un lado tenemos eso, y por otro lado, en el sistema percepción/conciencia, el yo toma parte: “en favor del objeto y resiste al ello, es decir, a la combinación de las pulsiones gobernadas únicamente por el principio del placer”. Esta contradicción, la libido en un lado toma al cuerpo y en otro lado, al objeto, “desaparece al liberarnos de una concepción ingenua del principio de realidad”. Hay dos teorías, del sujeto: “la realidad precede al pensamiento, toma diferentes formas de acuerdo a las relaciones que el sujeto mantiene con ella”. La realidad es anterior al pensamiento, no estamos en el idealismo, pero cobra diferente forma según se sitúa el sujeto. Es una teoría subjetivista, después Lacan dirá que tampoco es tan subjetiva. Pero no es idealista, no crea una realidad ideal. Dice: “La experiencia analítica da para nosotros una fuerza especial a esta verdad y la muestra libre de todo indicio de idealismo, ya que nos permite especificar, concretamente, las relaciones oral, anal y genital que el sujeto establece con el mundo exterior en el nivel libidinal”. Si ustedes traducen esto en términos de Sigmund Freud, encuentran el texto sobre investigación sexual infantil donde dice que el niño privilegia en el mundo exterior los datos que combinan con el estadio en que está: si está en la fase oral privilegiará todo lo que es comer/ser comido; en la fase anal, cagar/ser cagado; en la fase fálica, penetrar/ser penetrado. La organización de la percepción del mundo está ligada a los estadios. “Me refiero aquí a una formulación lingüística del sujeto”, argumenta contra la teoría del apoyo, no va a privilegiar la fuente, como Freud. La teoría del apoyo dice que las pulsiones están apoyadas en las funciones corporales. Es el lenguaje el que erotiza las funciones corporales, dirá Lacan. La boca que come besa por una inducción del lenguaje.

Después que se pusieron de moda la etología y la ecología, la gente joven se besa de una manera diferente, creando un efecto Discovery, unas posiciones físicas que se ven en animales como las garzas. Esto es porque la televisión va enseñando. Por ejemplo, hasta los años sesenta jamás se veía un coito con una mujer arriba y hoy ¿quién se atrevería a hacer lo contrario?

Marcel Mauss observa que el cine cambió la manera europea de caminar. Antes del cine el europeo acompañaba con la mano derecha a la pierna izquierda y a la inversa, como todavía se camina en los desfiles militares. A partir del cine se camina acompañando con el hombro a la pierna. No se camina más el paso ganso. Son inventos del cine, los lenguajes van organizando la libido, no la función corporal, como creía Freud. Se ve claramente porque la gente que es un poco moralista puede cambiar ciertas cuestiones eróticas cambiándoles el nombre –ponen un nombre agradable, emotivo, lo visten de lenguaje para que pase–.

 

“Me refiero aquí a una forma lingüística del sujeto, que no tiene nada que ver con los modos vitales o románticamente intuitivos –va a hablar de un sujeto deducido de un lenguaje– de contacto con la realidad, de esas interacciones con el medio que estarían determinadas por cada uno de los orificios de su cuerpo. Toda la teoría psicoanalítica de las pulsiones se apoya en esta concepción”. Critica eso. No son contactos románticamente intuitivos con la realidad, son contactos que surgen del sujeto del lenguaje. “¿Qué relación tiene el ‘sujeto libidinal’ con el Yo?

Sujeto no quiere decir subjetividad. Si no hubiese habido árabes en España no habría “almohadas”. “A fuerza de reconocer, cada vez más claramente, la función supraindividual del lenguaje, podemos distinguir en la realidad los nuevos desarrollos actualizados por el lenguaje. El lenguaje, si se puede decir así, tiene una especie de efecto retroactivo en la determinación de lo que finalmente se considerará que es real”. El lenguaje tiene un efecto retroactivo sobre lo que se considera que es real.

¿Cuál es la crítica a esto? Jacques Lacan y los estructuralistas, en vez de ver cómo la sociedad produce símbolos proponen que lo simbólico produce la sociedad. Una cosa es pensar que una sociedad produce símbolos y otra cosa es decir que algo simbólico organiza la sociedad. Maurice Godelier, un antropólogo marxista, plantea: ¿dónde probó Lacan que el sujeto está en el big bang del lenguaje? Lacan dice que el sujeto entró de golpe en el lenguaje, estaban todos los significantes allí. Pero no estaban todos los significantes allí, la prueba es que todavía no están. Diez tipos de distinta educación no disponen de los mismos significantes. El problema que hay ahí es con qué teoría del lenguaje habría que operar, cuando Lacan dice: “la estructura del lenguaje”, da por descontado que el lenguaje es un observable, pero la estructura del lenguaje es alguna teoría sobre el lenguaje. Chomskiana, saussuriana, la que sea. Y la estructura del lenguaje en el momento de Lacan es la lengua de Saussure.

El lenguaje, si se puede decir así, tiene una especie de efecto retroactivo en la determinación de lo que finalmente se considerará que es real.”

 

 

“Ahora bien, la estructura del lenguaje nos da la clave del funcionamiento del Yo. El Yo puede ser el sujeto del verbo o calificarlo”. Acá empieza a hablar de retórica: “Hay dos clases de lenguaje: en uno de ellos decimos ‘Estoy pegando al perro’, y en el otro ‘El perro es pegado por mí’ –puede ser sujeto del verbo o calificarlo–. Pero nótese, la persona que habla –aparezca en la oración como sujeto del verbo o calificándolo– en cualquier caso se afirma como objeto comprometido en una relación de algún tipo, de sentimiento o de acción”.

Ya tiene una pequeña matriz pasional: el que está hablando –califique el verbo, o sea el sujeto del verbo–, se afirma en alguna relación con un objeto.

“¿Nos proporcionan tales afirmaciones sobre el Yo una imagen de la relación del sujeto con la realidad?

He aquí otro ejemplo en que la experiencia psicoanalítica establece de la forma más sorprendente las especulaciones de los filósofos, en tanto definieron la relación existencial expresada en el lenguaje como una relación de negación.”

Una vez estaba en un lugar donde alguien hablaba de su clínica, y decía cosas que eran de Derrida, Hegel. Le pregunté: ¿Usted analizó a Hegel? Porque pensé: “O este analiza a Hegel o eso lo leyó en un libro”. Es muy divertido. Freud hace lo mismo, tiene una idea en la cabeza y enseguida hace una apelación a la clínica, “es sorprendente como la clínica nos muestra lo que pasa...”.

Lacan hace un resumen de Hegel, y dice:“Lo que hemos podido observar es que ésta es, precisamente, la manera privilegiada en que una persona se expresa a sí misma como Yo –Verneinung o negación.” Introduce la negación, estudiada por Hyppolite, pasada por Hegel, etcétera. “Hemos aprendido a estar seguros que cuando alguien dice ‘No es así’ es porque es así, y que cuando dice ‘No quiero decir eso’ quiere decirlo, sabemos cómo reconocer la hostilidad subyacente en la mayoría de los enunciados ‘altruistas’.” Lacan dice que el yo habla al revés, el yo es buenas intenciones y mala fe, es una concepción de los moralistas europeos. Si uno, en vez de estar con Pascal, está con Descartes, la cosa cambia; Descartes tenía una idea aristocrática del yo, Pascal tenía la idea del maldito yo. Pero Descartes decía cogito ergo sum. Y lo demás lo hace la matemática.

 

Continúo: “la corriente oculta en el sentimiento homosexual de los celos, la tensión del deseo escondida en el horror al incesto; hemos observado que una indiferencia manifiesta puede enmascarar un intenso interés latente.” Da ejemplos. Dice: “... la función esencial del Yo está muy próxima a ese rechazo sistemático a reconocer la realidad (meconnaissance systematique de la realité) al que los analistas franceses se refieren cuando hablan de la psicosis.

Sin duda, toda manifestación del Yo se compone igualmente de buenas intenciones y de mala fe y la protesta idealista habitual contra el caos del mundo sólo delata, de forma invertida, el mismo modo en que aquel que tiene un papel que jugar en él se las ingenia para sobrevivir.” La Ley del Corazón hegeliana, una oposición entre el mercado y los corazones. Cada corazón ve que el mercado está lleno de otros que obstaculizan. Cada uno de los otros también es un corazón que ve el mercado lleno de otros, y eso termina en la guerra de todos contra todos, en el delirio de infatuación. Esta Ley del Corazón, Jacques Lacan la relaciona con los paranoicos y con las histéricas. En el caso Dora dice que Freud procede por rectificaciones dialécticas sucesivas que llevarían a la pregunta ¿cómo estás implicado en eso de que te quejas? Te quejas de algo que constituyes.

 

“Esto es, precisamente, la ilusión que Hegel denuncia como la Ley del Corazón, cuya veracidad aclara indudablemente el problema del revolucionario de hoy, quien no reconoce sus ideales en los resultados de sus actos.” Es un poco provocador, porque es el problema del revolucionario de hoy, pero también es el problema del burgués de hoy que tampoco se reconoce en sus actos –y el del cura de hoy, y el del policía también– ¿Por qué el revolucionario de hoy estaría más sujeto al desconocimiento yoico que el burgués o el militar? Es más impactante decírselo a un revolucionario porque quiere estar de acuerdo con su ética, al burgués no le importa nada, ese es el asunto. Lacan habla, después, del burgués: “Esta verdad es también evidente para el hombre que habiendo alcanzado su madurez y visto desmentidas tantas profesiones de fe, comienza a pensar que ha estado presenciando un ensayo general del Juicio Final.

 

(...) He mostrado en mis primeros trabajos que la paranoia solamente puede ser entendida en términos similares; he demostrado en una monografía que, en el caso estudiado, los perseguidores eran idénticos a las imágenes del Yo ideal.

Pero, inversamente, el estudio del ‘conocimiento paranoico’ me llevó a considerar el mecanismo de alienación paranoica del Yo como una de las precondiciones del conocimiento humano.”

Hay una diferencia, que siempre marco, entre Melanie Klein y Sigmund Freud. Melanie Klein tiene una teoría de los celos a medida para tranquilizar a los clientes. Él vuelve a la casa, ella le dice: “¿Con quién estuviste?” Y él contesta: “Estás proyectando tus deseos de engañarme” y se va a dormir tranquilo. Se dan cuenta que de esa manera lo único que se puede hacer es poner un investigador privado porque el que acusa, pierde.

Freud, mucho más astuto, dice que el paranoico tiene razón. El paranoico va a una fiesta, cree que la mujer está demasiado sociable y se va enojado. No hay motivo para enojarse, dice Freud, pero es verdad que las fiestas sociales son para que cada uno se excite con la mujer del otro. Sin consecuencias, porque esto se regula, pero el paranoico tiene razón. Pasa un alto mandatario y escupe, el paranoico dice: “Éste me desprecia” y es verdad, porque si fuera un tipo importante el otro lo vería. Que un cierto desprecio esté instaurado en la ciudad, no implica que no sea un desprecio. Mucho antes que Salvador Dalí, Freud dice que cuando tengo celos de alguien es verdad que lo quiero engañar, pero también es cierto que mi deseo de engañarlo me ha hecho entender su deseo de engañarme, esto es el conocimiento paranoico: desconozco mi deseo, pero eso mismo me da una especie de radar para captar el deseo del otro. No es que proyecto sobre una pantalla en blanco, sino que proyecto un deseo sobre otro deseo, un deseo de engañar –que no conozco– sobre un deseo del otro de engañarme –que acabo de conocer gracias a que no conozco mi propio deseo de engañar–. Es desconocimiento del propio deseo y reconocimiento del deseo del otro.

 

“Pero, inversamente, el estudio del ‘conocimiento paranoico’ me llevó a considerar el mecanismo de alienación paranoica del Yo como una de las precondiciones del conocimiento humano.” En ciertos rituales que se hacen para cazar, los cazadores se mimetizan con la presa para entenderla. Ese no es un juego de seducción de la gente. Pero un jovencito me explicó una táctica. Se deja el pelo largo y es así, lánguido, porque entonces las chicas no desconfían de él. Es mimético, en vez de hacer como los varones antiguos, disfrazarse de macho duro para encandilar, se disfraza de chica, no tiene ninguna intención de feminizarse, es una captación de la femineidad. Pescó algo del gusto narcisista de las chicas por tener chicos parecidos a ellas.

 

“El objeto del deseo del hombre, y aquí no somos los primeros en decirlo, es esencialmente un objeto deseado por otro”. Esta tesis la tomó René Girard para hacer un libro que se llama Mentira romántica y verdad novelesca, la mentira romántica sería que hay un hombre, una mujer y una relación entre ellos que fracasa por la intromisión de un tercero. El hombre y la mujer se entenderían de no ser por otros que se meten, esa es la mentira romántica.

 

 

 

La verdad novelística, que Girard toma desde Cervantes en adelante, es que entre ese hombre y esa mujer no hay ninguna relación, y gracias a un mediador entran en relación. El ideal del Quijote, Amadis, hace que Don Quijote diga que para ser un caballero como él necesita una mujer. Dulcinea, ni siquiera hace falta que exista. 

 

 

Es la tesis de Lacan, el objeto le es procurado a uno por sus identificaciones y el personaje que aparentemente es el antagonista, provoca eso. A veces, en algunas parejas, hay una especie de saber inmanente sobre esta cuestión. Es parecido a lo que decía Freud sobre la fiesta.

 

“Son, de hecho, los celos más precoces los que preparan el escenario sobre el cual la relación triangular entre el Yo, el objeto y ‘algún otro’ cobra vida.” El yo, el objeto y algún otro. Como dice Sigmund Freud por ahí, el otro es el modelo, el maestro, el antagonista, lo que sea. Pero hay otro que establece el valor del objeto ¿cómo establecer el valor de un objeto si nadie lo quiere? Lo que le da valor es que muchas personas lo quieren. Todos sospechan de sí mismos cuando les va bien al final de la fiesta, lo que queda no es lo que todos deseaban. El hombre no es independiente de eso –sacando que tenga una idea un poco aristrocrática del yo, como Descartes–. Witold Gombrowicz desarrolla muy bien este tema en una obra de teatro que se llama Yvonne, la princesa de Borgoña, una obra donde un príncipe tiene que casarse y se pregunta: ¿qué hace cualquier desdichado? “Busca una joven y hermosa mujer con tales y cuales cualidades y se casa”. Pero ¿qué tendría que hacer un príncipe? ¿Lo mismo que cualquier hijo de vecino? “No. Tiene que hacer lo opuesto, sino no sería un príncipe”. Y, en vez de buscar una bella mujer, encuentra por la calle una cosa monstruosa que se llama Yvonne, una especie de mendiga imposible, y la lleva al palacio. Empieza como un chiste pero se obstina y todo el orden de esa aristocracia se destroza por Yvonne, es algo parecido a la idea de Teorema,de Pier Paolo Pasolini. La introducción de Yvonne va destrozando ese orden a partir del hecho de que el príncipe elige el objeto contra el deseo del otro –la subjetividad de Gombrowicz está más del lado de la perversión que de la neurosis–.

 

“Un objeto puede volverse equivalente a otro, debido al efecto de este intermediario, posibilitando el intercambio y la comparación de objetos.” Si no hay un intermediario, un objeto no es equivalente a otro. Claude Lévi-Strauss dice que los hombres intercambian palabras, mujeres y objetos. Pero hay estudios modernos que muestran hermanas que intercambian hermanos. Es decir que la teoría de que sólo los hombres intercambian mujeres está puesta en cuestión. Por otro lado, para que haya circulación tiene que haber algo que no pueda circular, los objetos preciosos de cada familia particular. Todo el mundo tiene unas cosas que compra, vende, regala, intercambia, y tiene unas cosas que no toca. Maurice Godelier plantea, en El enigma del don, ¿qué no intercambian?

 

“El Yo del paciente le tiene embelesado hasta el punto de ser causa de su sufrimiento y revelar su función absurda.” A partir de esto ustedes pueden ver que Lacan tiene una posición filosófica tomada respecto al yo. Dice que va a hacer una teoría genética del yo, –año cincuenta y pico–. “Se puede considerar semejante teoría como psicoanalítica en tanto ella trata la relación del sujeto con su propio cuerpo en términos de su identificación con una imago”.  Rescata el término imago de Freud, y lo hace equivaler a una teoría de la Gestalt. Introduce la identificación del sujeto a su propio cuerpo.

 

“Calificar a estos síntomas de funcionales es confesar nuestra ignorancia, pues ellos siguen el modelo de cierta anatomía imaginaria que tiene sus propias formas típicas.” Los síntomas histéricos siguen un escote, se dibujan sobre partes del cuerpo que tienen que ver con el cuerpo mirado, más que con la función, “esta anatomía imaginaria sólo se manifiesta con ciertos límites determinados. Querría puntualizar que la anatomía imaginaria a la que aquí nos referimos varía con las ideas (claras o confusas) sobre las funciones corporales que prevalecen en una cultura dada.” Lacan todavía no está en una posición estructuralista.

 

“Todos los fenómenos que estamos tratando parecen responder a las leyes de la Gestalt –observan de dónde saca su teoría del falo–; lo evidencia el hecho de que el pene es dominante en la conformación de la imagen del cuerpo. Aunque esto pueda ofender a los implacables defensores de la autonomía sexual femenina, este predominio es un hecho que además no puede atribuirse sólo a las influencias culturales.” Freud termina diciendo que hay un enigma biológico, el rechazo de la femineidad en los hombres y en las mujeres. Pero acá ¿qué se puede decir? Muchas veces Lacan habla de la turgencia vital, después va borrando esto, pero no se ve por qué no poner en vez de falo, una X. ¿Qué función cumple el falo en el psicoanálisis? ¿Por qué seguir manteniendo el término? Uno puede decir que en el inconsciente no hay hombre ni mujer, y que en lo consciente las disimetrías entre las anatomías crean un X que obstaculiza la armonía de las relaciones, y operar toda la teoría con esa X, sin usar nunca la palabra falo. Sacando que uno tenga el coraje de Jacques Lacan para decir: “El falo está inspirado en la turgencia vital del pene, cuyo misterio impenetrable no se explica por ningún condicionamiento cultural”.

 

Me parece un buen punto de partida para ordenar las relaciones del yo, el cuerpo, las pulsiones. Éstas van a darnos una matriz sobre la cual hablar del lenguaje pasional a partir de definir el yo como un aparato retórico.- 

 

 

Trascripción: Alicia Alonso

 

La Clinica y lenguaje de las pasiones. Curso anual de Germán Garcia, Clase del 14 de abril de 1999).-

 

(*) Texto publicado en revista Conceptual -Estudios de Psicoanálisis- Nro, 11